Desde que el jugador de béisbol avileño Roger Machado, dejó los arreos, y se acogió al retiro, pensó seriamente en la posibilidad de convertirse en director del equipo Ciego de Ávila. Durante todo el tiempo que transcurrió hasta que se estrenó como timonel, repasaba en su mente una y otra vez, cada juego, cada lance y cada momento como atleta de alto rendimiento.

Un día del año 2007 llegó el momento de probarse como director y asumió las riendas de la selección avileña. En aquellos años, de esplendor para “los de la piña”, hubo muchas  temporadas malas para los vecinos “del Camagüey”. Sin embargo, a pesar de la NO clasificación, siempre hubo figuras muy destacadas en el orden individual por los Toros. Pero “el tigre mayor”, durante 13 años de mandato, nunca mostró interés por aceptar en sus filas a ningún pelotero camagüeyano como refuerzo.

Se contaban historias acerca de su mala opinión de los jugadores agramontinos, algunas leyendas acerca de que “no eran determinantes”, o que simplemente, “no les hacía falta”. Los propios jugadores camagüeyanos, también los directivos, y en mayor medida, los aficionados, nos percatábamos de su rechazo hacia la tierra del tinajón.

Un día, tuve la oportunidad de conversar con alguien muy allegado a Roger Machado, y me comentaba como, el sentimiento de rivalidad con Camagüey, era parte del “día a día” del manager avileño. Me contó, como en los encuentros previos a cada choque entre ambos equipos, en el famoso “mitin” (meeting), se escuchaba como un rugido de tigre enfurecido, la voz de Machado, motivando a sus discípulos a ganar el juego contra Camagüey, que, aunque no era de “vida o muerte”, era de incuestionable honor, hacerlo. Siempre recalcaba que ese partido “no se podía perder”, y que había que demostrar quién era el “equipo macho”.

Sin dudas, en esos 13 años de mandato, el equipo macho fue Ciego de Ávila, cuajado de estrellas que lo llevaron a obtener tres títulos, dos de ellos de manera consecutiva, y otros varios resultados amparados por medallas de distintos colores. Se jugaba la “era del Tigre”, y Machado rugía feliz desde la cueva.

Salvo en aquellos días en los que no lograban ganarle al debilitado Camagüey, pero que vendía cara la derrota, pues se vivía el mismo sentimiento de parte y parte. Los juegos eran “a muerte”, aunque solo estuviera en disputa, el sabor del triunfo de un día cualquiera.

Más de un director pasó por Camagüey en esos 13 años de dinastía de Roger Machado. Recuerdo a Borroto, Lombillo, Moa, Ulacia, Luis Guevara, Rolando Hernández y Orlando González. Pero cada mánager agramontino que lo enfrentó, cada atleta que sintió su mirada aguda, cada aficionado que sufrió la NO selección de sus ídolos como refuerzos avileños, sabíamos el por qué le dolía tanto al rey avileño, perder algún partido por insignificante que fuera con Los Toros camagüeyanos. También lo sabía y lo recordaba con ira el profesor Machado. Y de esa misma manera, implacable, se lo inculcó a cada uno de sus alumnos. Toda la culpa recaía en aquella especie de la flora cubana, que habitaba en las postrimerías del estadio Cándido González, exactamente detrás de la cerca del jardín izquierdo, llamada popularmente “Palma”, e inmortalizada desde aquel momento como “ la palmita milagrosa” (¡Y camagüeyana!).

Ya una vez hablé sobre cómo surgió esta rivalidad, literalmente visceral entre Ciego de Ávila y Camagüey, dos parientes que nunca más han vuelto a sentir el mismo afecto (Deportivamente hablando). Pero en un día de Abril , si la memoria no me falla, era 22, del año 1998, Roger Machado, en aquel entonces el receptor de los tigres, comprendió que toda su vida soñaría con aquel juego que marcó a tantas personas, sobre todo, en ambas provincias.

Comenzaban los cuartos de finales de la XXVII (27) Serie Nacional de Béisbol y se enfrentaban el Ciego de Darío Cid y el Camagüey de Miguel Borroto. Los “increíbles de la piña” con todas las cámaras y focos, puestos en la atención de un equipo que no dejaba de sorprender y que había enamorado a más de 3 encumbradas figuras del periodismo deportivo a nivel nacional. El Terremoto avileño llegaba al Cándido González con muchos méritos, y no menos valor. Se habían convertido en un equipo respetable que ya no parecía ser el típico elenco “que llega por chiripazo” u obra y gracia del Espíritu Santo. Figuras como Roger Poll, Isaac Martínez, Mario Vega, Danny Miranda, Franklin López, Roger Machado, se hacían acompañar de los hermanos Cervantes, de Richard Carrero, Iván González, Evasio Negrín y Ariel Martínez. Todos con magnífico desempeño desde el montículo, que los había llevado a ser el primer equipo en PCL en la serie nacional.

Por su parte, Camagüey también gozaba de respeto y un grupo de peloteros que habían hecho el grado y por derecho propio estaban entre los primeros por departamento en esa serie. Con más experiencia en postemporadas y un prestigioso historial de grandes figuras, el Camagüey de Borroto ya incluía a los campeones Olímpicos, Miguel Caldés, Luis Ulacia y Omar Luis Martínez. Que junto a Liván O´Farril, Orlando González, los hermanos Chapellí, Luis Campillo, Fernando Tejeda, Teófilo Pérez, Neurys Fernández y Raúl Reyes conformaban una selección de muchas potencialidades y eran los favoritos en ese “derby” agramontino entre los dos territorios del centro.

Por los de Borroto abriría quien fuera para muchos, en ese momento, el mejor lanzador de Cuba, después de la salida del país de Rolando Arrojo y Orlando “el Duke” Hernández. Se trataba del veloz Omar Luis Martínez, con una curva traicionera que, durante los 10 juegos de la etapa regular entre avileños y camagüeyanos, había sembrado el terror entre los muchachos de Darío Cid. Pero ese día de abril, los increíbles avileños se olvidaron del respeto y desde temprano, le mostraron al olímpico, la verdadera motivación que los llevaba a estar allí: El triunfo.

Ayudados por el principal enemigo de Omar Luis, el descontrol, los avileños fueron agresivos desde el mismo inicio del partido y la en el segundo capítulo, lograron llenar las bases para dejar toda la responsabilidad en el 9no bate y menos reconocido de la tanda, el habanero Ernesto Sánchez que se había ido a probar suerte a equipos menos fuertes para poder jugar, y de esa forma, sin apenas proponérselo, ya estaba en un Play Off y con la oportunidad de convertirse en protagonista. Y no la desaprovechó…me refiero a la oportunidad, y también a la recta alta que en 3 y 2 le sirvió Omar Luis a 158 km/h (No olvidar que, en ese momento, las mediciones de velocidad eran así).  Y a esta recta de 98 millas, alta, la rechinó de línea contra la cerca del jardín derecho llevándose en claro a Orlando González que nada pudo hacer ante la velocidad con la cual viajó la esférica. De la misma manera, solo se anotaron dos carreras, pues la jugada de devolución al cuadro fue muy rápida. Un cubo de agua fría para los espectadores, pero no para todos, pues un grupo de ellos sobre el banco de primera base bailaba y coreaba de lo lindo. Mientras Ernesto Sánchez llegaba tranquilo al segundo cojín y los atletas de de la piña no cabían dentro del dugout. Ciego de Ávila venía con hambre y con garra, y daban el primer zarpazo.

Omar Luis logró contener la rebelión en esa entrada, y Evasio Negrín, grande por su estatura, impresionante por sus números en ese año, con una recta que no llegaba a 90 millas, pero con un control exquisito como le había enseñado su entrenador, el estelar ex lanzador Omar Carrero, iba sorteando y sacando out trás out a la batería camagüeyana. Ya le habían marcado 1 carrera en el 4to Inning, y Camagüey rompía el celofán y se metía de lleno en el juego , en una entrada que prometía para mucho más. Pero Negrín no se amilanaba con el juego cerrado, pues Ciego se había convertido en “cinta negra” en ese tipo de partidos durante la etapa clasificatoria. Con la seguridad de tener tras de si a la defensa que más había brillado en la etapa regular. Pero en los Play Off, la presión logra aflojar hasta las cerraduras más herméticas, y en el 6to Inning, con las bases llenas, el receptor Liván O’Farril conectó un cepillazo de frente a Mario Vega en la segunda base, y “El ninja”, que solo había cometido 3 pifias en 90 juegos, no pudo evitar que la bola lo perforara y lo dejara indefenso ante un público que deliraba viendo como su equipo empataba el juego. Finalmente, el botín de Borroto solo quedaba en una carrera

Omar Luis se había recuperado del mal momento y durante otras 5 entradas se mantuvo de manera inmaculada aislando los sencillos rivales. Y fue en el 8vo capítulo cuando Miguel Caldés, una vez más, como los grandes, se vistió de héroe y con cañonazo al centro y la casa repleta, fletaba dos para la causa camagüeyana. Se ponía así el partido 4-2 favorable a los del Tinajón. Pero los “Cachorros de Tigre” se habían pasado una temporada de 90 juegos, remontando, guapeando y sacando juegos del congelador, y este no iba a ser una excepción. Ya las garras comenzaban a nacer en ellos y en el 8vo Inning con dos out en la pizarra, pasó algo muy infrecuente y que quedará para siempre grabado en los anales de la historia de las series nacionales, y en el recuerdo de muchos que estuvimos allí, en vivo y en directo.

Con un hombre en base, el 4to madero Franklin López, le cazó una recta a Omar Luis, que ya había lanzado muchísimo y conectó un largo batazo al jardín de la izquierda. De momento, el estadio enmudeció. Miles de almas, halaban esa pelota para que quedara dentro de los límites del terreno, otros, muchos menos…la empujaban, desde la banda de primera base, la hinchada avileña y los jugadores iban siguiendo el curso de la pelota. Yo, desde las gradas del lateral izquierdo…me llevé las manos a la cabeza, presagiando la dramática escena que se viviría a continuación. El árbitro de tercera, un humilde avileño de apellido Murgado que estaba en el momento y el lugar equivocado, se internó hasta lo más profundo que pudo. Eddy Martin le ponía emoción a la narración de aquella conexión, en un momento de pura adrenalina. Solo, la picardía y genialidad de Luis Ulacia, en complicidad con una “palmita” camagüeyana, de las tantas que poblaban el exterior del estadio Cándido González, sabrían a ciencia cierta lo que ocurriría a continuación.

Aunque ya estaba teniendo una actuación destacada en el juego, Luis Ulacia se convirtió en un instante en héroe y villano, en dependencia de quien fuera el aficionado que estuviera siguiendo el juego. La pelota de 7 cm de diámetro, cayó, de manera azarosa, sobre la superficie de la cerca de concreto de unos 15 cm de ancho. (¡A ojo de buen cubero!). Yo hacía poco había aprendido por física y por sentido común, que esa bola no podía volver al terreno. Pues al no chocar con el borde, sino impactar sobre la superficie, debía seguir su camino. Lo pensé todo en cuestión de milisegundos: ¡Era Jonrón! ¡Y se empataba el juego! Pero en milisegundos, de manera inexplicable, la bola regresó al terreno y en un movimiento felino y de reacción supersónica, Luis Ulacia tomó la pelota en excelente jugada al rebote y la devolvió inmediatamente al cuadro, cuando el bateador anclaba en segunda base y protestaba airadamente con las manos levantadas al cielo. Muchos no entendían muy bien lo que pasaba, otros, en la posición privilegiada para ver esa jugada, nos habíamos dado cuenta de todo. Ulacia había dado continuidad a una jugada que era jonrón evidente, pero cuando la bola abandonó el estadio, golpeó el tronco de una de las pequeñas palmas, y haciendo un movimiento de parábola inversa regresó al terreno, directamente al guante del jardinero izquierdo que tantas veces nos había deleitado con jugadas pimentosas y picarescas a nivel internacional, y en el propio patio. Toda esta serie de eventos y dramatizaciones, hizo confundir al arbitro avileño Murgado que inmediatamente cantó “Bola viva y en juego”, y dio pie a que Franklin López no pudiera pasar de la segunda almohadilla, convirtiéndose, la conexión, de jonrón aparente a doble cantado. Omar Luis y Camagüey, se salvaban momentáneamente, gracias a la genialidad o engaño (Según se haya sufrido o disfrutado) de Luis Ulacia que, sin dudas, se merecía ya, un premio Oscar a la mejor actuación del año.

Largo tiempo pasó antes de que se calmaran los ánimos y se reanudara el juego, pues el equipo de Ciego de Ávila en pleno salió a protestar una jugada de apreciación. Héctor Rodríguez y Eddy Martin (¡Que Dios los mantenga en la Gloria!) debatían emocionadamente.  que las imágenes de replay de la TV cubana dejaban claro que era Jonrón, pero en esa época, nada se podía hacer pues no existía el VAR, ni mucho menos una regla de reclamación a través de Replay. Esta era una de las tantas veces que una decisión arbitral equivocada, quedaba impune ante los ojos de indignación de los televidentes. Y a pesar de las protestas con razón, pero sin sentido, el cuartico siguió igualito y cuando se reanudó el choque, y los ánimos se calmaron, también se enfriaron los bates en la noche fría. Finalmente, Ciego marcaba su 3ra y última carrera del juego. Omar Luis retiró al último bateador en el 8vo. Y en el 9no Inning, un equipo avileño visiblemente afectado no pudo reponerse mientras Omar Luis Martínez, ponchaba con una recta de 90 millas a Roger Poll, y así se llevaba el éxito y un importante primer triunfo en el comienzo de la sub serie.

Fue un partido muy emocionante y que muchos hubiéramos querido que terminara sin la sombra de “lo que pudo haber sido y no fue”. Porque la realidad es que ese jonrón empataba el encuentro y permitía seguir jugando. Poniendo a Camagüey en un momento de preocupación, y a un Ciego de Ávila inspirado y bien arriba. Pero nunca sabremos que pudo haber sucedido. Entre “la palmita milagrosa” y Luis Ulacia, se robaron el show y de esa manera, la rivalidad extrema entre avileños y camagüeyanos, llegó a su momento cumbre.

Lo que sucedió después, se los narro brevemente. El árbitro Murgado sufrió amargamente en su propio pueblo, incluso, un grupo de fanáticos, apedreó su casa en Ciego. Al otro día, en el espacio del mediodía, la comentarista Julia Osendi, en una presentación en vivo, frente a las cámaras de la TV, emplazó duramente y de una manera muy poco profesional a Murgado, el cual, sin poder levantar la vista, aceptó humildemente haberse equivocado y le ofreció, visiblemente afectado, disculpas al pueblo, y en especial, al avileño. Julia Osendi no pudo controlar sus emociones y arremetió contra estas disculpas, de una manera como muy pocas veces he visto en un escenario periodístico en nuestro país.

Ese mismo día, Camagüey volvió a ganar, de la mano de Luis Campillo. Maniatando a un equipo avileño que se vio muy por debajo de la garra mostrada durante toda la temporada. Evidentemente afectado psicológicamente.

Y con un día de descanso, el tercer juego se efectuó en el Cepero Avileño con un público entusiasta que salió a apoyar a su equipo, con carteles de “Aquí, no hay palmitas milagrosas”, pero ya el milagro, o desgracia, había ocurrido y era suficiente. Y con dos HR del máscara Liván O’Farril, desbordado en esa temporada, y con el pitcheo de Neurys Fernández, sin dudas, en la mejor campaña de su vida. Camagüey selló la victoria final, por barrida ante el admirable elenco avileño.

Todo esto lo viví yo, nadie me lo contó…tampoco lo pude ver por la TV, ni en esa oportunidad, ni después. Por eso, puede ser que se me vaya “algún rolling entre las piernas”, mientras relato la historia, y quizás falle en algún que otro dato.

Durante muchos años, he intentado encontrar los archivos de TV o algún material que documente e ilustre lo que sucedió en aquella Serie de Play Off y en su juego más polémico. Pero no he podido lograr encontrar el tesoro, en toda la Isla. Tampoco he vuelto a ver a la Palmita, la cual, ese mismo año dejó de existir. Dicen algunas leyendas, que una noche, llegó alguien que, con furia, y un machete, terminó con la vida de muchas de las inocentes plantas, detrás de la cerca del jardín izquierdo. No me atrevo ni siquiera a insinuar quien pudo haberlo hecho.

A pesar de los años, todavía cierro los ojos y puedo rememorar aquella tarde/noche de abril. Puedo, igualmente, sentir el aluvión de sensaciones de aquel día, tan sembrado en mi memoria como la raíz de la palma que cortaron, pero que permanece en la tierra. Aún sigo albergando la esperanza de volver a ver ese juego y de que alguien lo haga llegar a mis manos, para revivirlo, a través de una pantalla. De la misma forma que Roger Machado despierta cada mañana, con la esperanza de que algún día pueda ahuyentar al fantasma que durante años lo ha perseguido, desde aquella noche camagüeyana del 1998.

12 comentarios en «La palmita que enemistó a dos provincias»
    1. La alegría es sinónimo de crecimiento personal. Felicidades por el logro. La fauna del lugar no tuvo la culpa. Irónicamente, fue un avileño quién no cantó el jonrón. Saludos

    1. Muchas gracias… La serie XXVII (27) comenzó en el año 1997 y terminó en los meses de Abril y Mayo con la Final entre Pinar y Santiago. Gracias por sus comentarios y sus elogios.

      1. Muy buena historia revivida, envidiablemente descrita salvo por algo que creo exagerado: la pasión de Roger contra los jugadores camagueyanos..
        Como su amigo personal he estado con él en incontables situaciones y NUNCA he percibido esa animadversión….y te ejemplifico: cuando Ulacia dirigió hubo una Serie en la que los bates escasearon al punto de que los Tigres no tenían y, jugando en el Cepero, Luis le pasaba la batera a Machado en cada inning…eso me hizo llevarles unos bates a los Tigres, al Latino, y allí Roger me dijo: llévales estos a Luis…y así lo hice!…
        Puedes preguntarle a Ulacia, que también es mi amigo!…
        Lo de los refuerzos ha sido xq realmente no iban con las estrategias de los Tigres…y esto te lo afirmo xq por esa amistad con Roger (y con Mayito Vega y Darío Cid…y con Borroto!) he tenido la oportunidad de intercambiar sobre el orden de prioridades para pedir los refuerzos y las variantes que se pudieran presentar el día de la selección…
        Un abrazo!…

  1. Muchas gracias, amigo. Intervenciones como la suya, respetuosas y valederas, nos ayudan a entender mejor, y depurar la historia de esos mitos y leyendas. Saludos.

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