“¿Qué hace ese muchachito tan flaquito aquí? ¡Si ni siquiera puede con un bate!”. Para un director curtido en campos de entrenamiento profesional, como Miguel Borroto, era lógica la reacción ante el delgado lanzador, quien luchaba por enrolarse en el equipo de béisbol de Camagüey, pero Pedro Luis Lazo le advirtió del peligro de las apariencias: “Déjalo, que te va a sacar un susto”. 

Con varios ceros y apenas dos sencillos ante Villa Clara en la preparatoria Roger Yoandri Trench confirmó que estaba listo, su nombre apareció en la Serie Nacional y meses después ya era el “pitirre” entre los relevistas del staff camagüeyano, con más aplome, arrojo y velocidad que otros jóvenes como él, incluso con más experiencia competitiva. En el rompecabezas de la rotación la llegada de Trench  es hasta el momento una garantía en la preservación de ventajas y una promesa en el pitcheo, pues a pesar de su bigotillo adolescente en sus 18 años ya con tan solo 63 kilogramos marca 88 millas por hora y usa la curva, el slider y el cambio.

¿Cómo es posible tal biomecánica? La respuesta puede estar en su elasticidad, adecuado movimiento en pos de mayor explosividad en su wind-up y en la tendencia a situarse por encima en los conteos, controlado sin importar la fama del bateador. No obstante, no dejamos de conversar de la posible mejoría en su velocidad de aumentar masa muscular en las piernas, una labor lenta, por su temprana edad, que seguramente ya está en mente de los preparadores y entrenadores.

“Soy del reparto Edén y comencé en mi propia escuela primaria Luis Manuel Varona, a los cinco años, con los profesores Kirikiti y Dámaso. Desde siempre lancé, aunque era también jugador de cuadro. Ya en las competencias infantiles, en el terreno del reparto Agramonte, logré un skunk de ponches y en tercer grado pasé al área especial del reparto Buenos Aires. Después vino el nacional 9-10 años en Jatibonico 2010, hasta allí alternaba como campo corto y lanzador, por el brazo, un sábado era cuadro y el domingo pitcheaba. En 11-12 estuve en otro nacional, en Guantánamo, recuerdo que salvé un juego contra Holguín, pero no pude entrar a la EIDE por mi bajo peso. Después, en noveno grado sí pude entrar a esa escuela, como segunda base regular. En décimo grado tuve una fractura en el brazo, pero ya en onceno gané 6 en el nacional, uno en la final contra Pinar del Río, y al otro un año gané 6, perdí 4 y salvé tres, hasta que pasé al Sub 23, donde tuve un buen papel y me pasaron a  la preselección de Camagüey.

-Desde la grada del estadio te observa tu entrenador juvenil, pero… ¿Qué ha cambiado ahora que te desempeñas con mayores, con entrenadores como Lazo o Alexander Infante? ¿Qué te han incorporado?

-Con Lazo he mantenido similar preparación física y con Infante he mejorado mucho mi pensamiento táctico, porque no es igual cuando subes de categoría. Los dos me hacen estar muy confiado muy seguro, pero en realidad yo siempre me acuerdo de los consejos de dos entrenadores, de Camilo y Huerta, quienes en realidad tengo que decirte que fueron quienes me enseñaron de verdad a ser pitcher.

-¿Y con Borroto?

-Conversa bastante conmigo, me gané su confianza. Él mismo hace la anécdota de cuando me vio por primera vez. En los meetings con el equipo a veces me pone como ejemplo, de cómo me impongo a pesar de mi tamaño y poco peso. 

-El Latinoamericano pudo ser tu prueba de fuego. Algunos pensaron en la capital que los Toros se quedaban sin relevistas cuando sacaron a un muchachito ¿Cómo te sentiste? ¿Qué tal ese trance?

-Salí relajado y poco a poco las cosas me salieron bien. Incorporé un nuevo lanzamiento contra los zurdos, entonces cuando salí de Peñalver ya todo fue fácil, me dije a mí mismo que podía con la situación. 

-¿Por qué usas el tinte rubio? A veces te sacas la gorra y lo muestras… ¿Es por moda o por alguna superstición?

-¡Ah! ¡Es sencillo! ¡Por Puerto Rico en el Clásico Mundial! Me gustó mucho eso, por su espíritu ganador. Es un ejemplo que quiero seguir.

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