Tomada de la página de Facebook: Toros de Camagüey

Foto tomada de la página de Facebook: Toros de Camagüey 

Fue en el año 2008 cuando lo tuve tan cerca por primera vez. Era una noche de invierno en el Coloso del Cerro. El estadio Latinoamericano acogía uno de los tres juegos de la subserie Camagüey- Industriales. 

Yo andaba por La Habana, terminando mi residencia de cardiología y por supuesto, no podía perderme ninguno de aquellos juegos de la 47 Serie Nacional de Beisbol. Y Adalberto Álvarez, tampoco.  El Caballero del Son estaba allí, de campechano aficionado. Sentado detrás del home plate, y no vestía de azul. No me quedaba claro a quien había ido a apoyar.

Inmediatamente de comenzado el juego me llegó la señal inequívoca. Al primer lanzamiento del serpentinero capitalino, el primer bate agramontino Héctor Hernández conectó cuadrangular por el jardín izquierdo, castigando así, el atrevimiento de un lanzamiento recto por el mismo medio, para intentar abrir marcando el primer strike.  El sonero mayor se paró como un resorte de su silla de espectador, y su alegría dejaba evidencia de que, aunque vivía hacía muchos años en la capital, el equipo de sus amores seguía siendo Camagüey.

Aunque fue un encuentro peleado de principio a fin, lleno de emociones y de historia, los camagüeyanos no lograron ganar el partido. Sin embargo, Adalberto salió al encuentro de los peloteros, con la misma felicidad con la que hubiera recibido la victoria. Todos querían saludarlo, y él no escatimaba sonrisas, elogios y alguna que otra palmada de aliento entre las huestes agramontinas.

Era una noche especial, pues estaría marcada por el récord de Norberto Concepción, de ser el único pelotero cubano que conectaba tres (3) extrabases consecutivos como emergente (dos jonrones y un doble).

Aun tengo esa noche grabada en mi memoria, no se aún si por el récord, o por la presencia, de inevitable atención para mí, de Adalberto Álvarez, tan fanático, tan sonero, tan camagüeyano. Quizás, por ambos sucesos, que me llevaron a mantener mi mirada dividida entre las gradas y el terreno.

Volví a verlo en el Cándido González, en un doble juego frente a Matanzas, en la gloriosa 59 Serie Nacional, donde los Toros de la Llanura llenaban de felicidad a su pueblo. Y “El Caballero” no podía estar fuera del jolgorio de su tierra. Estaba aquí, honrando a su querida Rosa Zayas, visitando a su familia, en ese 18 de diciembre del 2019, que fue una doble jornada para y de “Los Toros”, pues se llevaron el doble botín a casa con una inmensa alegría para Adalberto, que no dejaba de sonreír, al lado de su entrañable hermano, Miguel Borroto. 

Muchas eran las anécdotas que ese día contaban entre ambos al terminar el juego, mientras los jóvenes toretes escuchaban atentamente a los dos guerreros de mil batallas, hablar de cuando compartían lo mismo un terreno de pelota que una pista de baile. En aquellos memorables tiempos de Son 14, junto a Tiburón Morales. Otro grande que combinó junto a ellos, la música y la pasión por el deporte de las bolas y los strikes.

En cuantas ocasiones, desde lejos, allende a los mares, en escenarios internacionales, recalcó su raíz de “Camagüey para el mundo”. Siempre alimentándose del amor de su gente, que hoy lo llora entre sones y melodías, y lo recuerda con cada toque de tambor, o  con cada rueda de “Marías y Fernandos, para bailar casino”.

Tantas veces lo vi en la televisión, en las calles o en La Tropical siempre luciendo su amor por su pueblo y por su gente del tinajón. Innumerables oportunidades de expresar que, aunque admiraba profundamente al equipo Industriales a los cuales seguía hasta el último out, no podía negar su amor por los equipos de su tierra camagüeyana, a los cuales seguía en “las buenas y en las malas”.

Por eso, la noche de enero en que los Toros embistieron con fuerza a los Leones de la capital, el Caballero del Son, lleno de orgullo y regocijo, no dejaba de cantar y sonreír. Y aunque estaba allá, a kilómetros de distancia de su querido Cándido González, se sentía más fuerte que nunca su voz hecha canción e himno, con una dedicatoria a todos aquellos que aún no salían de su asombro viendo las gradas de un estadio que amenazaba con irse abajo… y en medio de tanto alboroto y guaracha, su eterno: ¡Camagüey de mis amores! ¿…Y qué tú quieres que te den?

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